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EL FUTURO DE LAS PENSIONES (1) En estos tiempos, donde la "cultura del miedo" es inducida
en tod@s nosotr@s a través de machacones, catastrofistas e interesados
discursos lanzados, sobre todo, desde el "mundo financiero"
y " político" hemos de convivir con otro miedo más:
el futuro de las pensiones. Desde los inicios de los años ochenta, las elites políticas
y financiaras de los países más "desarrollados"
del mundo capitalista, liderados por Los EEUU y el Reino Unido (época
del Reaganismo y el Thatcherismo), junto con las instituciones comerciales
y financieras internacionales a su servicio: el FMI, el BM, la OCDE, etc.,
iniciaron un cambio gradual y continuado en la política económica
dominante en sus Estados, pasando de una economía mixta a una economía
liberalizadora ("Economía de libre Mercado"), aplicando
una política económica neoliberal-conservadora. Posteriormente,
la mayoría de los demás países, incluidos los del
tercer mundo, han seguido el mismo camino; es lo que se denomina globalización. Un poco de crítica. El discurso ideológico globalizador se basa en unos pocos dogmas
económicos que han divulgado hasta la saciedad, consiguiendo que
el mito y la retórica neoliberal formen parte ya del lenguaje común
y del bagaje cultural de los ciudadan@s. Uno de los aspectos más
importantes de esa retórica ha sido la critica ideológica
sistemática del Estado de Bienestar y del sistema público
de pensiones, apelando principalmente a razones de eficiencia y de
costes. Los dogmas de la ofensiva neoliberal-conservadora. Los principales argumentos que utilizan los ínclitos sectores globalizadores son: La incapacidad financiera, el envejecimiento de la población, las altas tasa de paro, la quiebra del sistema de pensiones y ,como no, la "bondad" de los planes privados de pensiones. La incapacidad financiera, como argumento, no se sostiene. Cuando la mayoría de los países europeos, incluyendo el Estado español, independientemente de su tasa de actividad y empleo, producen más del doble de lo que producían en 1970 y la renta per cápita también se ha multiplicado por dos aproximadamente, es razonable pensar que se puedan mantener, proporcionalmente al menos, las mismas prestaciones que antes. El envejecimiento de la población como segundo argumento se utiliza siempre acompañado con una avalancha de datos para explicar la quiebra demográfica. Consecuencia lógica: "si no quieres ser un futuro anciano desvalido", empieza a invertir en fondos privados. Los medios de comunicación se llenan de catastrofismo demográfico, aunque la lógica te diga que en una sociedad dominada por el paro estructural y el voraz consumo de recursos naturales no renovables, la disminución de la población pueda constituir una buena noticia. Como solución complementaria, aparentemente introducida por argumentos de sentido común, y hasta progresistas, se nos habla de las "migraciones de sustitución". Importemos extranjeros que coticen hoy para asegurar nuestra vejez mañana. Ya sabemos que exigen poco. Se trata de una "solución" en la que además de ver a los inmigrantes como meros instrumentos (no desde la justicia geopolítica, los derechos humanos, etc.) es absolutamente falso, porque presupone que los inmigrantes han de estar constituidos sólo por jóvenes en permanente renovación, (cuando se hagan viejos ya no nos sirven, puesto que generarían los mismos gastos que los trabajadores autóctonos), además de solteros sin familias que puedan generar gasto social. La falacia propagandística del argumento demográfico se muestra al desnudo además porque la incorporación de la mujer al mundo laboral ha aumentado sustancialmente la tasa de actividad, haciendo crecer el Producto Interior Bruto. En cuanto al argumento de la alta tasa de paro el problema, en todo caso, sería de empleo y de producción. Este problema no sólo afecta a los pensionistas, sino a la economía en general: si ésta va mal, no serían únicamente los jubilados los perjudicados, sino que todos los ciudadanos se verían en dificultades. La supuesta quiebra del sistema de pensiones es el eje de la ofensiva conservadora. En el Estado Español las cotizaciones cubren con creces ,en el régimen general de la Seguridad Social, la totalidad de las prestaciones; el déficit se produce en otros regímenes como el agrícola, el de autónomos o en las prestaciones no contributivas. No hay ninguna razón técnica que impida que éstas se financien mediante los impuestos, al igual que sucede en los gastos, por ejemplo, de defensa, o las carreteras, o las subvenciones a las empresas privadas o las rebajas de las cotizaciones sociales a los empresarios, o todo el cúmulo de ventajas fiscales que se aprueban para las empresas y para las rentas de capital. El problema está en el empeño de los poderosos para que las rentas del capital sean intocables en lo que se refiere a su participación en el sostenimiento de los jubilados, porque aquí está la clave del asunto: es una cuestión de reparto entre capital y trabajo y su voluntad es la de no colaborar en el mantenimiento del sistema público, que según ellos debe financiarse exclusivamente con cotizaciones sociales y los gastos de defensa con impuestos, claro. Aquí practican, como en otros muchos casos, la lucha de clases, que parece que sólo está obsoleta para los trabajadores, para la elite política y económica está claro que no. No hay mayor mentira que la afirmación ampliamente difundida por la prensa de que el sistema de pensiones está en quiebra. La Seguridad Social (como el "Estado") no puede quebrar, a no ser que la economía en su conjunto se hunda; pero en ese caso, los primeros que quebrarían serían los fondos privados de pensiones, invertidos, por cierto, en una proporción importante en deuda pública. Y como ya nos tienen el "miedo metido en el cuerpo" llega el
argumento estrella: la bondad de los fondos privados de pensiones.
Los defensores de los planes privados intentan convencernos de las ventajas
que conlleva el sistema de capitalización, frente al sistema público,
puesto que la situación se hará "insostenible".
Debido fundamentalmente al envejecimiento poblacional, es necesario potenciar
los sistemas (privados) de capitalización que sustituyan o complementen
(para los que puedan) sus futuras pensiones.
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